CONFESIONES
Se habían pasado un rato largo aporreando el interfono, y no parecían coger la indirecta de que estaba durmiendo”.
En cuanto empezó a vibrar el teléfono sobre la mesilla de noche me arrepentí de no haberme levantado al segundo timbrazo. Se veía que quien quisiera que fuera el que estaba en la calle me conocía y por la candencia con que sonaba el timbre parecía que algo malo había pasado.
Después de varios intentos, con los ojos todavía cerrados, conseguí alcanzar el teléfono. A aquellas horas de un viernes, solo podía llamarme mi hermano o mi padre, y por supuesto no había de ser por nada bueno. Así que en cuanto conseguí leer su nombre en la pantalla, el mundo se me vino encima. Un mal presentimiento me erizó la espalda y me maldije una y mil veces por no haber contestado antes.
-Buenas noches- dije con miedo a que fuera demasiado tarde, aún sin saber para qué.
-¿Holita, estas ocupado?- me dijo como saboreando cada palabra. Su voz estaba cargada de temor o vergüenza. Estaba demasiado dormido para intentar distinguirlo
-Estaba durmiendo, pero algún gilipollas ha estado aporreando en interfono hasta hace un rato. Espero que se haya electrocutado.-
-La gilipollas era yo.- Dejo correr un largo silencio, como si estuviera buscando la entonación mas apropiada para la siguiente frase. Finalmente dijo con un hilillo de voz casi imperceptible sobre el eco de la calle vacía -Necesito que me hagas un favor, ¿puedo subir?-
-Claro, sabes que aquí siempre eres bien recibida.- dije al tiempo que me levantaba de cama con el corazón palpitándome en las sienes.
-Pero antes, ¿me prometes que no me harás preguntas?- Me interrogó con miedo, creo que temiendo por mi reacción.
-¿Pero tú por quien me tomas? ¿Qué te crees que yo soy de esos que hacen preguntas y esperan respuestas? ¡Aaah, como odio a esa gente!- dije soltando una carcajada. -¡Sube anda!- Y accioné el botón que abriría la puerta cuatro plantas más abajo.
Siempre se le había echo largo el ascenso por las escaleras, pero esta vez era a mi a quien se le estaba haciendo demasiado cuesta arriba la espera.
Si fue capaz de distinguir la preocupación del cansancio que se reflejaba en mi rostro, no dijo nada.
Por un fuerte abrazo sustituimos el tradicional “hola” con el que se saluda la gente a esas horas de la noche. Hasta que la luz de la escalera se apagó, recordándonos que aún estábamos en el umbral de la puerta.
La acompañé al sofá mientras encendía alguna luz y ponía un poco de música.
-Como no puedo hacerte preguntas, no podré ofrecerte algo para beber.- le dije mirándola con mi mejor sonrisa.
-Deja de hacer el tonto y tráeme un vaso de agua, ¡anda!-
Creo que en el primer sorbo encontró la frase adecuada para empezar la conversación, y en el segundo el valor para pronunciarla en voz alta.
-¿Prometes no hacerme preguntas?- me dijo sin atreverse a apartar la vista del fondo del vaso.
-No te he preguntado si querías tomar algo.- dije intentando disimular mi preocupación por lo inusual de aquella visita. -Además, ya deberías saber que yo no soy de esos, como dice tu amigo-
-Pero mira que eres tonto- dijo dándome un golpecito nervioso en el brazo mientras se esforzaba en sonreír.
Me puse serio por primera vez desde que había llegado, le cogí la mano y mirándola a los ojos le dije:
-Solo dime que puedo hacer por ti y considéralo hecho.-
El miedo nubló sus ojos y entre esa niebla escondió su mirada.
-Necesito que me dejes pasar la noche aquí.-
La tensión se reflejaba en su rostro, era como si el resto de su vida dependiera de mi respuesta.
Con mucha suavidad empujé su barbilla hacia arriba intentado que dejara de mirar el fondo de aquel hoyo en el que se sentía enterrada. Le di un beso en la frente y el abrazo más tierno que creo he dado en toda mi vida. En aquel momento la sentía tan frágil que tenia miedo a romperla. Pero esta vez no me lo iba a guardar. Lo había hecho en una ocasión y aún hoy cargo con ese lastre.
-Por un momento pensé que me ibas a pedir algo complicado.- le susurre al oído mientras la abrazaba.
En cuanto sentí que el frío del miedo abandonaba su cuerpo, me fui a mi cuarto a intentar desenterrarlo de las montañas de ropa que siempre tengo tirada por todas partes. No iba a hacerla dormir en el sofá, ni en un puesto del mercadillo, que era a lo que mas se asemejaba mi habitación en aquel momento.
De vuelta en el salón me sorprendí al encontrarme a una muchacha que en poco se parecía a la que había dejado. Su eterna sonrisa había empezado a asomar de nuevo mientras ojeaba uno de mis libros.
-Tú dormirás en mi cama y yo en el sofá. Ya te la he preparado.- Le dije con toda la autoridad del anfitrión que se siente responsable del bienestar de sus invitados.
-De eso nada, yo duermo en el sofá- me dijo mientras se tapaba con la típica manta de viaje que siempre hay en todos los sofás, o por lo menos en el mío.
-Me has prohibido hacerte preguntas, así que no te lo estoy preguntando. Mi castillo, mis reglas, recuerda. Haz el favor de meterte en cama que es muy tarde.- Y la fui arrastrando hacía la habitación con el cariño de una madre que lleva a su niño medio dormido a la cama.
En medio del pasillo le deseé buenas noches y me contesto con otro abrazo.
-Ya sabes donde esta el baño. Si necesitas algo, me avisas.- Le dije mientras me dirigía al sofá, donde sabía que me estarían esperando todas aquellas dudas que me había guardado desde que contestara al teléfono, hacia ya cosa de una hora. Algo me decía que iba a ser una noche muy larga y no me engañaba.
Media hora después había dado tantas vueltas en el sofá que solo por probabilidad, estaba seguro de haber recuperado a la posición inicial. Estaba claro que aquella iba a ser una noche en blanco. Por suerte al día siguiente no tenía que trabajar, así que decidí buscar algo con lo que distraerme y así calmar mis nervios.
Encendí la lámpara de lectura y cogí el libro que estaba leyendo, no era gran cosa, pero serviría para pasar la noche.
Tengo que decir en mi defensa que siempre que leo pierdo la noción del tiempo, así que no puedo asegurar cuanto llevaba allí de pie observándome, cuando me percaté de su presencia. El caso, es que de pronto comencé a sentirme observado y al arrancar la vista del papel, allí estaba, mirándome con cara de ángel. Su melena negra y rizada desparramada sobre los hombros, con una camiseta blanca de tirantes y unas diminutas braguitas también blancas. Descalza y sonriendo.
En cuanto la vi, me tendió la mano pidiéndome sin palabras que la acompañara. Al momento un millón de preguntas asaltaron mi mente, pero había prometido no formularlas en voz alta, así que me las guardé. No sé que cara debí de poner, pero seguro que no era la que esperaba, porque al segundo siguiente escribió un enorme POR FAVOR en su mirada al que no pude resistirme.
Me guió hasta la cama, me pidió que me tumbara, se acurrucó a mi lado y se cubrió con mis brazos como si fueran los extremos de una bufanda en un frio día de invierno.
-No me dejes sola.- me susurró poco antes de quedarse dormida.
Yo intenté resistirme al embrujo de Morfeo mientras buscaba una explicación a aquel comportamiento. Pero estaba claro que aquel día mi voluntad estaba de capa caída, y al poco me dejé arrastrar a un profundo sueño.
Me desperté poco después del alba e intenté no moverme para no despertarla, pero se me había dormido un brazo y ya no aguantaba más. Con mucho cuidado desprendí aquel cuerpecito de mi propio abrazo. Tras un nuevo par de intentos infructuosos por encontrar una explicación lógica, decidí levantarme y hacer algo de provecho.
Mientras preparaba el desayuno me di cuenta de que algo distinto flotaba aquel día en el ambiente. Di por supuesto que aquello debía de ser lo que se sentía cuando no te despertabas solo en tu cama. Al rato, me la encontré en la puerta. Esta vez llevaba pantalones y el pelo recogido en una especie de moño o algo así. Había recuperado su sonrisa y ya no parecía la misma de la noche anterior. En verdad necesitaba descansar.
-Buenos días. Tienes buen aspecto!-
-He dormido muy bien, muchas gracias por todo.- me dijo mientras apoyaba su cabeza en mi hombro y me agarraba del brazo.
-¡He preparado el desayuno, espero que tengas hambre!-
-¡Ya lo veo!- ¿Cómo es que te has levantado tan temprano?
-No podía dormir. Alguien se durmió encima de mi brazo y me desperté cuando dejé de sentirlo.- dije con una sonrisa.
-Oh ¡lo siento! ¿Estás bien?- Me preguntó preocupada.
-No te preocupes. Como diría mi madre, «no es nada que no curen unas buenas friegas».
-¿Desayunamos?- dije olvidando mi promesa de la noche anterior. -¡Oh! Lo siento. No me he dado cuenta.-
-¿Que ocurre?-
-Te prometí que no haría preguntas y acabo de hacerte una. Pero te juro que no ha sido con mala intención, simplemente no me he dado cuenta.- intenté hacer un drama solo para hacerla reír.
¡Y funcionó!
- Si, bueno, pero eso era ayer. Si quieres que te aclare alguna duda, solo tienes que decirlo. La verdad es que te agradezco que no me preguntaras nada. Necesitaba descansar y sabía que solo podría hacerlo aquí. Pensé en ir a casa de mi hermana, pero no quería despertarle a la niña. Además tendría que superar el tercer grado antes de que me dejara descansar.- hizo una pequeña pausa y continuó.
-Bueno y después del numerito de anoche, ¿no quieres preguntarme nada?- y al momento volvieron las nieblas a cubrir su mirada.
-Si, la verdad es que hay una cosa que llevo queriendo preguntarte desde anoche. dije meditando mi respuesta.
- Solo una? Vaya, me esperaba un proceso de la Inquisición.- dijo mientras vaciaba por completo sus pulmones.
-A ver, hay un montón de preguntas para las que solo tú tienes respuesta, pero sabes que yo no soy de los que hacen demasiadas preguntas sobre vidas ajenas. Si hay algo que crees que necesito saber, espero que salga de ti contármelo sin necesidad de un interrogatorio oficial. Ahora bien, si que hay algo que me gustaría saber.-
Parecía que se había relajado un poco, pero el miedo a mis preguntas seguía reflejándose en su rostro.
-¡Pues tú dirás!- dijo sin mucho ánimo.
-Solo quiero saber si estás bien. Y si puedo hacer algo más por ti.-
Una enorme sonrisa volvió a asomarse a su rostro. Era asombrosa la capacidad de transformación que tenía aquel simple gesto.
-Estoy muy bien, y todo gracias a ti. Es muy agradable dormir contigo, ¿sabes?-
-Si, me lo dicen mucho.- dije esbozando una sonrisa pícara.
-Eres como una estufa gigante.- y dicho esto se puso muy seria. -Si no te importa, necesitaría quedarme el fin de semana. Tengo que resolver un-
La corté con un gesto de mi mano. Volvía a asomar la preocupación a sus ojos y decidí que aún no era el momento.
- Te haré una copia de las llaves.- dije. -¿Puedo hacer algo más por ti?-
-Por el momento nada más.- y se quedó mirándome como si sopesara sus próximas palabras. Finalmente dijo -No dejas de sorprenderme. Otro en tu lugar estaría disparándome una batería de preguntas, y tú te comportas como si nada hubiera pasado.
-Es que no ha pasado nada.- dije
Soltó una risita en plan «tío, no te entenderé en la vida».
- Si, ¡ya! Pero me planté en tu casa a las cuatro de la madrugada, te desperté, te pedí que no hicieras preguntas y me meti en tu cama.- lo dijo como si aquello hubiera ocurrido dos años atrás.
-¿Hay algo que quieras contarme?-
-Aún no.- y me miró con temor.
-Pues ya está. Termina de desayunar que se enfría.- y aquello sonó con mas autoridad de la que pretendía.
Aún que no me lo dijo, me imaginé que necesitaría estar sola para poner en orden sus miedos. Así que en cuanto acabamos de desayunar me fui a la calle a comprar un par de cosas que necesitaba. Antes de salir le pregunté si quería que le trajera algo, y a pesar de que me dijo que no con la cabeza decidí comprarle un cepillo de dientes y otro para el pelo, champú y algo de chocolate, por si acaso.
Me ahorró el bochorno de tener que cocinar, ofreciéndose en cuanto volví a cruzar la puerta, cosa que agradecí como agua de Mayo.
Nos pasamos la tarde tirados en el sofá, hablando de cine, de libros, de ella, de mí, del discurrir del tiempo y del mundo en general. Nos reímos mucho y discutimos de tonterías, como hacíamos siempre que nos encontrábamos. Pero saltaba a la vista que ambos intentábamos evitar tocar el tema que nos había llevado hasta aquel momento.
La noche nos sorprendió en el sofá entre risas, recuerdos y pensamientos varios. Había sido una velada muy agradable y aunque ambos habíamos evitado sacar el tema de la noche anterior y las dudas me seguían atormentando, me conformé con volver a verla con ganas de reír.
Volvía de la cocina de recoger los restos de la cena cuando me dice:
-Creo que ya estoy preparada.-
-¿Preparada para qué?- respondí sin saber exactamente a que se refería.
-Me dijiste que si creía que debías saber algo, esperabas que te lo contara sin que tuvieras que interrogarme, ¿no? Pues creo que ya estoy preparada para contarte qué me hizo venir hasta aquí en mitad de la noche.-
-Si, pero si quieres podemos dejarlo para mañana, que ya es muy tarde y seguro que necesitas descansar.- le dije mientras intentaba disimular la preocupación que me comía por dentro.
-Prefiero hacerlo ahora, si no te importa. Creo que contártelo me ayudará a conciliar el sueño.-
-Bueno, pues tú dirás.- dije mientras me sentaba en el sofá, lo mas cerca que pude de ella.
-Verás es un poco complicado de explicar. Mejor dicho es complicado de explicar para que puedas entenderlo.- dijo saboreando cada palabra. Mientras pensaba por donde empezar, me miró sin levantar la cabeza mientras me mostraba un principio de sonrisa traviesa.
-Tú explícamelo como si fuera tonto, por eso no te cortes.- y mientras lo decía, aquella enorme sonrisa volvió a transformarle el rostro. No sabría explicar el porque, pero cada vez me fascinaba más el poder de aquel simple gesto.
-Hace tiempo que no estoy bien, y ya no puedo soportar más esta situación. Siento que he perdido el control de mi vida.- dejó que el silencio lo envolviera todo antes de continuar. -¿Qué decía aquella canción que te gustaba tanto? La de no hacer sufrir a los demás?
- «No soporto oír tus sollozos, porque ningún dolor me dolió tanto como el que causé». De Korazón Crudo.- dije tras pensarlo un momento.
-¡Esa! Pues eso es, un poco, lo que me pasa a mí. No puedo soportar la idea de que mi gente sufra por algo que yo haga, pero creo que ha llegado el momento de elegir entre ellos o yo.- se había puesto muy seria y no paraba de frotarse las manos con nerviosismo.
-¡Me gusta como suena eso! Me alegra saber que por una vez vas a anteponer tu felicidad a la de los demás.- le dije con una enorme sonrisa mientras le cogía con fuerza una mano e intentaba calmarla.
-¿De verdad que te alegras?-
-¡Por supuesto! Hace mucho tiempo que sé que no estas bien, aunque tú siempre lo has negado intentando convencerme de lo contrario. Me alegra saber que por fin has decidido coger las riendas de tu vida, y por supuesto me alegra que hayas pensado en mi como base de operaciones. Y dime, ¿por dónde piensas empezar?-
-¡Por la raíz, por supuesto! Voy a intentar cortar el problema de raíz y hacer aquello que siempre he querido. Voy a dejar esa mierda de trabajo y buscarme uno de verdad como siempre me dices. He dejado a mi pareja y pienso marcharme de este puto pueblo.
-Para, para, para ¿has dejado a tu pareja?-
-Si, me ha costado mucho pero no podía seguir viviendo a base de pastillas azueles.-
-Y ¿cuándo ha sido eso?-
-El martes. Hace cuatro días. Pero ahora las paredes de casa se me vienen encima en cuanto cruzo la puerta. Por eso ayer decidí escapar, y no podía ir a otro sitio. Contigo me siento tan segura, tan a gusto.-
-Vaya, casi no te reconozco. Y ¿cómo estás?
-Es difícil, pero ¡creo que sobreviviré!
-Así que ¿ya ha empezado? ¿Ya no se puede parar?-
-Si, ya ha empezado.-
Un espeso silencio cargado de dudas y temores nos envolvió haciendo que el tiempo se dilatase como en un sueño. Hasta que me decidí a ponerle fin.
-Y ¿a dónde piensas mudarte? ¿Nacional o internacional?-
-¡Nacional, claro! Ya sabes lo bien que se me dan los idiomas. Pero el sitio exacto aún no lo he decidido. Todavía me quedan un par de cabos por atar
-¡¿Cabos por atar?! Vaya, es cierto eso de que todo se pega. Suenas casi tan enigmática como yo. Y ¿qué vas a hacer con el piso?
-No sé, había pensado en alquilarlo, ¿qué te parece?-
-Me parece que te voy a echar mucho de menos.- dije intentando ocultar mi angustia.
-En eso también había pensado. Es uno de esos cabos sueltos.- y guardó silencio como si fuera su bien más preciado.
-¡Espera, espera! ¿Soy un cabo suelto? ¿Soy uno de tus" cabos sueltos? Vaya, vaya. Esto se pone cada vez más interesante. Explícame eso ya sabes, !como si fuera tonto!-
-Verás, he pensado que igual Bueno, no sé que piensas pero. Me preguntaba si Creo.Vaya, ¡qué complicado es esto!- dijo con una mirada que gritaba en busca de ayuda.
-Si, ayudaría mucho que terminaras una frase antes de comenzar otra.-
-Si, tienes razón, pero es que no me salen las palabras.-
-Vale, tranquila. Volvemos a empezar, de acuerdo?- dije intentando ayudarla. Y repetí la última frase antes de que se le cerrara la garganta por completo. -Explícame eso ya sabes, ¡cómo si fuera tonto!-
-Le he estado dando muchas vueltas y yo también te voy a echar mucho de menos. Así que he pensado que igual lo mejor sería que te vinieras conmigo!- dijo, con todos sus miedos mirándome a través de unos enormes ojos húmedos.
-¿Me estás pidiendo que me vaya a vivir contigo?- y la vi asentir levemente con la cabeza mientras las palabras salían de mi boca.
-Vale, me estás pidiendo que me vaya a vivir contigo. A un sitio que aún no has decidido.- otro leve movimiento de cabeza acompañaba mis aclaraciones.
-Vivir contigo, pero ¿cómo compañero de piso o cómo pareja?
-Eso me lo tendrías que decir tú. Yo sé lo que me gustaría a mí. Pero no sé que te gustaría a ti.-
-¡Vaya!- conseguí decir después de una pequeña pausa para asimilar la nueva información. -Me encantaría ser tu compañero de piso- e hice otra pequeña pausa al ver como un minúsculo y casi imperceptible gesto de decepción asomaba a su rostro. - pero me gustaría mucho más ser tu pareja.-
-¿¡Lo dices enserio!?- me preguntó con una sonrisa que casi se le salía por los dos lados de la cara.
-Yo siempre hablo en serio. ¡Ya deberías saberlo!-
Se acercó un poco más a mí mirándome fijamente a los ojos. Me acarició muy suavemente una mejilla y su mano se entretuvo en mi oreja antes de despeñarse cuello abajo. Sin tiempo para reaccionar, sentí como sus labios se unían a los míos con tanto cuidado que casi no se tocaban. Su lengua intentó abrirse paso con timidez, pero al no encontrar el más mínimo rastro de resistencia, avanzó con rapidez hasta fundirse con la mía.
El mundo parecía haberse detenido, pero no lo hizo. ¿Cómo podía seguir dando vueltas como si nada estuviera ocurriendo, cuando llevaba esperando aquel beso tanto tiempo? ¿Cómo osaba mostrar tal indiferencia ante algo tan importante? ¿Cómo era posible que tal cosa estuviese sucediendo?
¡Entonces nos separamos! No quería hacerlo, pero ¡nos separamos! Tan solo unos centímetros, pero ¡nos separamos! Nos separamos lo suficiente para poder disfrutar de aquella deslumbrante sonrisa que le iluminaba el rostro, con una luz que nunca antes había visto.
-¡Vaya!- Sí que has perdido el control, si yo soy la única forma de retomarlo.- acerté a decir con una mezcla de nerviosismo y excitación sacudiéndome el cuerpo.
-¡Serás idiota!- dijo justo antes de estamparme un cojín en toda la cara.
2011
2011
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