Se habían pasado un rato largo aporreando el interfono, y no parecían coger la indirecta de que estaba durmiendo”. En cuanto empezó a vibrar el teléfono sobre la mesilla de noche me arrepentí de no haberme levantado al segundo timbrazo. Se veía que quien quisiera que fuera el que estaba en la calle me conocía y por la candencia con que sonaba el timbre parecía que algo malo había pasado. Después de varios intentos, con los ojos todavía cerrados, conseguí alcanzar el teléfono. A aquellas horas de un viernes, solo podía llamarme mi hermano o mi padre, y por supuesto no había de ser por nada bueno. Así que en cuanto conseguí leer su nombre en la pantalla, el mundo se me vino encima. Un mal presentimiento me erizó la espalda y me maldije una y mil veces por no haber contestado antes. -Buenas noches- dije con miedo a que fuera demasiado tarde, aún sin saber para qué. -¿Holita, estas ocupado?- me dijo como saboreando cada palabra. Su voz estaba cargada de temor o ve...