INSOMNIOS Y DESCARTES


Aquella tarde entró nuevamente en el pequeño cuarto como aquello en lo que se había convertido: un alma llevada por su propia pena. Sembrando el caos y la destrucción en un avance que parecía imparable, totalmente fuera de si. Las ropas rotas cubiertas de manchas de carbón y pintura, impedían distinguir su tinte original. Las chanclas de goma carcomidas por los disolventes mantenían la cohesión gracias a las múltiples capas de cinta adhesiva que las ceñían como una segunda piel. Los cabellos largos y enredados cubriéndole parte del rostro, le impedían ver por encima del metro diez de altura. Los ojos continuamente inyectados en sangre y la mirada pérdida buscando algo que tal vez solo existiera en su propio imaginario. Ése era ahora su día a día.
En un pasado no muy remoto había destacado por su tranquila serenidad, cualidad que irradiaba por momentos, contagiando a cuantos le rodeaban. Siempre pendiente de los suyos y de cuanto necesitasen. Siempre intentando llevar con sus creaciones un poco de luz a las vidas de aquellos que lo rondaban. Pero aun así llevaba una vida tranquila y solitaria en compañía de los personajes a los que daba vida en sus trabajos, habitualmente a costa de la suya propia. Ellos inundaban de susurros, carcajadas y animadas conversaciones los ecos de su atalaya y los silencios de su estudio, donde vivía enclaustrado por temporadas. A pesar de todo ello, su vida estaba llena de color y esperanzas que nunca llegaban de materializarse.

La pasada incursión resultó devastadora para el escaso mobiliario que yacía moribundo en aquel improvisado campo de batalla: el tablero de trabajo volcado contra la pared, la mesita de la esquina, donde durante los últimos meses ardían incesantemente cirios, como ofrenda a unas musas que ahora se resistían a hacer acto de presencia, rota por la mitad. Por suerte las candelas se apagaron con la fuerza del impacto, derramando lágrimas de cera incandescente por el suelo, y evitando así que las llamas prendieran en alguno de los infinitos legajos de papel llenos de garabatos que lo cubrían. La variedad de aquellas hojas hacía imposible pensar que todas ellas tuvieran como propósito último representar gráficamente una misma imagen. Agresivos ángulos entre líneas tan rectas que ni la misma gravedad terrestre estaría en situación de deformar. Insinuantes curvas que se unían entre sí en un baile de infinitos velos. Manchas de mil colores fundiéndose en un sinfín de nuevas gamas, haciendo que la naturaleza en todo su esplendor pareciera una paleta salpicada, tan solo, de colores primarios.

No era la primera vez que le resultaba complicado arrancarse otro fantasma del fondo del alma, para que le susurrara al oído en mitad de la noche. Pero al final siempre lo había logrado. Le resultaba especialmente agradable el mágico instante en el que la idea pasaba a ser una imagen tangible. Sentado ante su tablero con los ojos cerrados intentando vislumbrarse el alma en el fondo de sus retinas, armado tan solo con lápiz y papel. Le gustaba pensar que si en ese impasse alguien se encontrara observándole, podría distinguir el instante preciso en que se prendía la mecha que desataba la vida, visible desde el exterior en forma de una enorme sonrisa que le transformaba el rostro.
Aunque en esta ocasión algo estaba siendo distinto, la magia no se había obrado y la frustración le consumía por dentro como uno de aquellos cirios que ahora aguardaban desperdigados por el suelo. En un último arrebato de desesperación, mientras reducía a astillas los pocos e indefensos enseres que habían sobrevivido hasta el presente, lanzó contra la puerta, prendido de cólera e impotencia a parte iguales, una pesada caja de cartón. Un estruendo ensordecedor inundó el estudio mientras miles de diminutos clavos se desparramaban por el suelo cubriendo la alfombra de papeles. Aquel pequeño tesoro había sido rescatado de la basura unos meses atrás con el propósito de usarlos para “algo interesante”, pero todavía no se le había presentado la ocasión.
Un terrible cansancio se apoderó de él en cuanto el ruido cesó. Del fondo de un bolsillo rescató una destartalada caja de cerillas y no sin ciertas dificultades encendió una. Con una aterradora clama se acercó a una botella de disolvente que acababa de derramarse sobre la tarima. Tras vacilar un momento, recogió del suelo las velas que había ofrecido a las Musas y las encendió como muestra de agradecimiento, dibujando en su rostro aquella mágica sonrisa iniciadora de vida.

«Había creído que estaba enloqueciendo. Era un alivio descubrir que no era así... pero ese alivio daba miedo.»
It | StephenKing


2012

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